La justicia suele ser representada con una balanza en la mano y una venda que cubre su mirada como símbolo de equidad. Su piel y sus ojos no tienen un color reconocible, no está ataviada con trajes a la medida y mucho menos se expresa con palabras rebuscadas. La justicia, en su ideal, es imparcial y universal. Pero todavía hay quienes insisten en revestirla de prejuicios; imponerle una tez, origen social y hasta modo de caminar.
Por eso, la imagen de la nueva Corte, despojada de ornamentos, es la expresión de una nueva justicia. El primero de junio votamos por una justicia cercana, que nos represente y se aparte de la soberbia y el desdén. Votamos por una Corte de a pie, para todos y todas. Por eso, las críticas que provienen del racismo y el clasismo revelan al sector de la sociedad que se resiste a abandonar la costumbre de juzgar desde los privilegios y la desigualdad.
La mayoría de la gente en México no necesita evidencia de cómo el racismo y el clasismo operan día con día, sin embargo basta con mirar las críticas al próximo presidente de la Corte para entender la altura de los muros a demoler. Las descalificaciones vienen de quienes consideran que solo quienes pertenecen a ciertos grupos tienen las credenciales para servir como juzgadores; que las personas morenas, chaparras, indígenas, estamos para servir pero no para guiar a un país.
Hugo Aguilar Ortiz –abogado por la Universidad Autónoma Benito Juárez, de Oaxaca, con maestría en derecho constitucional y originario del pueblo ñuu savi, parte de la comunidad mixteca– fue el candidato más votado, con más de 6.2 millones de votos. Sin embargo, el debate público se centra en su físico, forma de vestir o incluso acento, más que en sus capacidades o trayectoria. Estos comentarios, además de falsos, reflejan prejuicios descarados sobre su aptitud para conducir la Corte con imparcialidad y justicia.
No podemos subestimar la aparente inofensividad de los comentarios. Durante décadas, la judicatura mexicana ha favorecido a quienes cuentan con títulos de ciertas universidades, recursos económicos, conexiones y una apariencia que se ajusta al molde establecido. Al mismo tiempo, este Poder Judicial ha mantenido al margen a comunidades indígenas y personas racializadas, restringiendo su acceso a los cargos y a las decisiones de mayor relevancia. Esto ha provocado que la Corte, y el sistema de justicia en general, se aleje de la pluralidad que debe representar.
En un sistema democrático, la crítica es indispensable y legítima, pero ésta sólo cumple su función cuando se sostiene en razones y no en prejuicios. Reducir el escrutinio al señalamiento de estereotipos sólo distorsiona el debate. Lo que debemos hacer es cuestionar por qué seguimos atados a la idea de que la justicia solo puede ser impartida por ciertos rostros y trayectorias, pues en tanto estas ideas sigan operando, los esfuerzos por transformar la justicia seguirán incompletos. Sólo cuando la justicia deje de ser un privilegio con disfraz de imparcialidad y busque encarnar y sentir a todas las personas que conforman este país, la figura de la justicia ciega podrá recuperar su sentido.
Fuente: Contralínea