Nación, migración y futbol

​Hace un par de semanas escribía en este mismo espacio sobre cómo el Mundial permite hacer una cartografía sobre las relaciones entre los países. Ahora, considero igual de útil acercar la mirada hacia quienes le dan vida a un mapa con historias de migración y mestizaje que se cuentan a través de las Selecciones nacionales y sus futbolistas.

Durante el último mes, tan puntual como los goles, fueras de juego y tiros de esquina, ha estado la discusión sobre el origen y la nacionalidad de los jugadores. Desde comentarios racistas dirigidos contra Kylian Mbappé hasta las descalificaciones hacia futbolistas cuya nacionalidad se pone en duda únicamente por el color de su piel o el origen de sus apellidos. Basta que un futbolista destaque para que aparezcan voces que cuestionan su lugar en la Selección que representa: “Ni siquiera parece francés”.

La actitud debería ser opuesta. El Mundial nos permite notar que la composición de las sociedades es resultado de una historia compleja que va desde la expansión colonial europea, los procesos de descolonización, la reconstrucción posterior a las guerras mundiales, hasta las distintas olas migratorias. Francia, Países Bajos, Suiza o Bélgica, incluso Japón, reúnen generaciones de familias provenientes de África, Medio Oriente, el Caribe, los Balcanes y otras regiones del mundo. Sus Selecciones nacionales son un espejo de ello.

Sin embargo, esa realidad convive con una contradicción. Muchos de esos mismos países han endurecido sus políticas migratorias y convertido el control de las fronteras en un tema de seguridad. Al mismo tiempo, celebran como símbolos nacionales a futbolistas cuyas historias familiares existen gracias a los procesos migratorios que hoy tanto se cuestionan.

El futbol vuelve esa contradicción especialmente visible porque pocas expresiones generan un sentido de pertenencia tan intenso como una Selección nacional. Millones de personas celebran como propios a futbolistas cuyas familias llegaron desde otros territorios, con lo cual han convertido la diversidad en motivo de orgullo colectivo. Fuera de la cancha, las mismas trayectorias suelen alimentar discursos de desconfianza o exclusión. El contraste es claro durante una Copa del Mundo.

Cada vez que alguien afirma que un futbolista “no parece francés”, “no parece neerlandés” o “no parece suizo”, termina defendiendo una idea de nación que hace mucho dejó de corresponder con la realidad. Las identidades nacionales se construyen a lo largo del tiempo. Se forman con generaciones de personas que migran, intercambian culturas, transforman las sociedades que las reciben y terminan llamando hogar a un país distinto del que vieron nacer a sus padres o abuelos. Las Selecciones nacionales hacen visible esa historia durante –casi siempre más de– noventa minutos.

Fuente: Contralínea