El futbol también es político

​A razón de la justa mundialista, hay quienes insisten en mantener al futbol y a la política en conversaciones separadas, pero basta seguir con atención la Copa del Mundo para darnos cuenta de que ese límite es más bien ilusorio. Cada cuatro años este torneo reúne a diversas selecciones nacionales de todas las latitudes. A ellas las acompañan banderas, himnos y fervor. También traen consigo tradiciones, memorias y luchas históricas que ayudan a bocetar un retrato más o menos nítido de las relaciones entre países. Así, el Mundial es una oportunidad para entender cómo ciertas herencias del pasado permean en el hoy y cómo comienzan a surgir cambios que hace apenas unos años parecían improbables.

Ese potencial aparece con cada marcador sorpresivo. Durante noventa minutos, un país considerado pequeño puede pelear de igual a igual con potencias hegemónicas. Ese instante modifica, aunque sea por un momento, la manera en que millones de personas entendemos la resistencia y la deuda histórica.

Al soportar la embestida de una joven pero talentosa ofensiva española, Cabo Verde apuntó a esa posibilidad. En su primera participación mundialista contuvo a una selección favorita a disputar el primer lugar del campeonato para, más adelante, conseguir avanzar a la siguiente ronda. El resultado fue unificador desde África hasta América Latina. La experiencia colonial marcó a decenas de países que hoy siguen leyendo ciertas rivalidades desde ese pasado compartido. Por eso, a lo largo de todo el mundo hicimos propia la historia de ese pequeño archipiélago capaz de oponerse a Goliath.

El mundial también está exhibiendo las diferencias con las que algunos países participan en la comunidad internacional. Irán llegó al torneo en medio de un contexto de guerra, para enfrentar obstáculos logísticos y migratorios que condicionaron su participación desde antes del silbatazo inicial. Al mismo tiempo, otros Estados involucrados en conflictos armados continúan ocupando posiciones centrales dentro de la principal organización responsable del torneo. Esa diferencia de trato abre una discusión sobre la forma en que se aplican las sanciones y sobre el peso de las alianzas políticas al momento de decidir quién enfrenta consecuencias y quién conserva sus privilegios.

Precisamente por la posibilidad de visibilizar esas tensiones frente a millones de personas es que debemos entender al Mundial como uno de los foros públicos más importantes del planeta. Durante cuatro semanas, países que rara vez ocupan el centro de la conversación encuentran una audiencia difícil de reunir en otro espacio. Sus historias pasan de ser asuntos exclusivamente nacionales para discutirse a nivel global. Por eso, al reconocer el carácter político del futbol también reconocemos que, si bien por un tiempo limitado el Mundial visibiliza tensiones latentes tanto en distintas sociedades como en las relaciones entre países. Esa también es una Copa del Mundo. La que se juega fuera de la cancha, entre memorias, fronteras y disputas por el poder.

Fuente: Contralínea